y la chayanne apa’…

DELINCUENTES DE CUELLO BLANCO.

DELINCUENTES DE CUELLO BLANCO.

—Bien, la cosa está clara; debemos declarar inocente inmediatamente a ese tío. No hay mucho que pensar ni que hablar –la voz del miembro del jurado más joven se hizo oír sobre el murmullo de los demás, que callaron al unísono.

—¿Cómo inocente? –protestó otro-. Las pruebas indican que es culpable.

—¿Está chalado? –otro, un ejecutivo de apenas veinticinco años se encaró con él. —Ese tío es un narcotraficante; tiene montones de gente trabajando para él. Un gesto suyo de la mano y todos nosotros iríamos al otro barrio de un tirón. No tardarían ni un día en buscarnos uno a uno y eliminarnos.

—Esto no debería ser trabajo nuestro —terció otro; ¿para qué leches están los jueces?   ¿A santo de que tengo yo que dejar mi trabajo para venir aquí a impartir justicia? ¿Quién fue el listo que inventó el jurado popular?

—Ese no es el problema que tenemos que resolver ahora —intervino una mujer que había superado ya los cincuenta años; —para eso están los políticos, para hacer las leyes.

—Si, e incordiarnos. Habrá que analizar los hechos y las circunstancias, supongo –dijo otro, prudentemente, un hombre también mayor, de espesa barba blanca; —debemos atenernos a las instrucciones que hemos recibido. El pueblo necesita justicia.

GRACIAS PADRINO, PINTÉ MI PLACA Y SIGO TRABAJANDO...

GRACIAS PADRINO, PINTÉ MI PLACA Y SIGO TRABAJANDO…

—¡Están todos locos! –el que había hablado primero dio un golpe seco sobre la mesa—. Yo digo que inocente, y punto. Si quieren declararlo culpable que repitan el juicio y llamen a otros jurados. Conmigo que no cuenten para enviar a nadie a la cárcel.

Otro de los miembros del jurado se levantó, dio un paseo con la mano levantada, recabando la atención de los demás, que le observaron con curiosidad; era un hombre obeso de mediana edad.

—Me parece que ustedes no se han dado cuenta de la gravedad de este asunto —dijo, volviéndose a sentar, pero con todas las miradas fijas en él—; al margen de los deseos de cada uno de estar aquí o no estar, esto es algo que, efectivamente, no podemos tratar ahora.  En nuestras manos está la libertad para una persona, un ser humano que…

—¡Bueno! Déjese de historias filosóficas. —Le interrumpió otro, que hasta entonces no había hablado—; esto es algo que tenemos que hacer, ¿no? Como la declaración de la renta o pagar la contribución así que lo que tengamos que hacer hagámoslo pronto. Una votación y que cada cual diga culpable o inocente; si no estamos de acuerdo, que cada uno exponga sus argumentos, tratemos de ponernos de acuerdo y a otra cosa. Ya saben cómo se obtiene la mayoría aquí.

y eso p'aqué, mejor comerse el hoyo de las donas...

y eso p’aqué, mejor comerse el hoyo de las donas…

—Usted va rápido por la vida, ¿verdad, amigo? —dijo el de la barba blanca—; Muy bien; ¿quién vota inocente?

—Solo dos manos se alzaron.

—Bien, es obvio que los demás votan “culpable”; así que…

—Un momento —otro de los que no habían hablado hasta entonces reclamó la  atención—;  la votación no es así. Probablemente es mía la culpa de que hayamos comenzado sin control. Como presidente del jurado, ya que mi nombre fue el primero en el sorteo,  debí haber hecho lo que ahora voy a hacer. Antes que nada elegiremos al portavoz; y a tenor de lo que he oído, creo que nadie tendrá inconveniente en que sea yo —hubo un murmullo de aceptación—. Ahora,  cada uno, tipo parlamento, expresará su voto y su argumento. No hace falta argumento, pero  si no conseguimos los votos necesarios habrá que hablar;   esto no es un juego; es un asunto serio. Todos estamos obligados a cumplir con esta tarea, una vez que hemos aceptado estar aquí y lo haremos conforme a la ley. No podemos derivar la responsabilidad que tenemos hacia nadie.

—Querrá usted decir que no hemos podido escaquearnos de estar aquí, por lo menos yo, y, ¿qué es eso de “tipo parlamento”? —inquirió el ejecutivo joven.

DEBEMOS DE ESTAR HARTOS DE ESTOS TIPOS QUE SOLAMENTE VIVEN DE LA POLÍTICA

¿parlamento..? pura Mad…r…e… aquí solo mis chicharrones truenan…

—Si hubiera dado muestras de parcialidad,  por ejemplo, el fiscal y el abogado defensor le habrían desechado a usted, pero estuvo muy modosito ahí fuera. Además, recuerde el juramento… o la promesa, que ha hecho…Y lo de tipo Parlamento quiere decir que todos callarán y escucharán mientras el que esté en uso de la palabra hable, igual que en el Congreso. Solo hay un hecho, por lo tanto, vamos a votar si lo consideramos probado y a la vez, si consideramos al acusado culpable o inocente; la votación tiene que ser nominal y por orden alfabético; como todos conocemos los nombres, les iré preguntando uno a uno designándolos como número del  jurado. Les recuerdo que son siete votos los necesarios para declararle culpable.  Así que, silencio, por favor… Jurado número uno. Exponga su voto y argumento.

—Yo ya lo he dicho: inocente. Y el argumento es sencillo: no quiero que un sicario del tipo  ese me aloje una bala en el omoplato.

—Su argumento no es convincente ni correcto; sin embargo lo dejaremos para una segunda vuelta. Jurado número dos,  su turno.

—¡Este tío es tonto! —gruñó por lo bajo el número uno, mientras el numero dos comenzaba su argumentación.

—Culpable —dijo el dos—; sus huellas estaban en el arma homicida, estaba en el sitio del asesinato, no tiene coartada, ha incurrido en contradicciones durante su testimonio y en su primera declaración ante la policía declaró haberlo hecho él, aunque luego rectificara.

—Muy bien; jurado número tres, opine.

EL SE ABSTIENE... ES PARTE DEL PROBLEMA...

EL SE ABSTIENE… ES PARTE DEL PROBLEMA…

—Yo me abstengo —soltó muy convencido el que protestaba por ser jurado—; a mí me da igual que lo encierren o lo dejen fuera. Total, si lo encierran dentro de dos o tres años va a estar en la calle…

—Eso es verdad —el de la barba blanca intervino—; yo conozco a un individuo que intentó asesinar a otro. Solo le cayeron diez años, y a los cuatro ya estaba fuera. Pero, no obstante…

—Por favor —le interrumpió portavoz—;  no divaguemos sobre asuntos que no afectan al tema; para eso están los foros en internet. No puede abstenerse, a menos que quiera pagar una multa de varios ceros; decídase.

—¿Una multa…? Está bien, está bien… culpable; las pruebas así lo indican.

—Jurado número cuatro; exponga.

—Coincido plenamente con el jurado número uno – manifestó el jurado número cuatro,  una mujer de mediana edad que no había hablado hasta entonces-. A mí no me importa si ese tío es culpable o inocente. Yo lo único que sé es que si lo declaramos culpable vendrán a por nosotros y nos liquidarán uno a uno. Y no sé ustedes, pero en lo que a mí respecta yo no le debo nada, absolutamente nada, a la sociedad, ni al gobierno, ni a la administración de justicia ni a nadie para jugarme la vida. He tenido que ganarme el pan con el sudor de mi frente y lo único que ha hecho hasta ahora todo el mundo ha sido ponerme trabas. Así que, inocente. El motivo… —se encogió de hombros—, siempre existe la posibilidad de la duda razonable.

Y DESDE CUANDO LOS JUECES IMPARTEN JUSTICIAI, CLARO Y LUEGO DIRÁN QUE HASTA YO PAGO IMPUESTOS

Y DESDE CUANDO LOS JUECES IMPARTEN JUSTICIA, CLARO Y LUEGO DIRÁN QUE HASTA YO PAGO IMPUESTOS…

—Eso es lo que yo digo; ese es un trabajo de jueces, que para eso cobran. Nosotros no deberíamos estar aquí.

—Ya hemos oído suficientemente su opinión, número uno; Jurado número cinco, le toca.

—Creo que nosotros  estamos aquí para prestar un servicio a la sociedad. Un servicio necesario; ¿no es mejor para todos que un jurado compuesto por varias personas estudie el asunto y tome la decisión correspondiente? Yo voto culpable; las pruebas son abrumadoras.

—Bobadas; hay un  juez en la sala y todos han oído al fiscal, a los testigos, a la defensa y a la acusación particular; nosotros no tenemos por qué…

—A ver, número uno… cállese,  ¿necesita que se lo diga en otro idioma? Jurado número seis, hable.

Al tenor de las pruebas, debe ser declarado culpable —indicó la mujer que pasaba ya de los cincuenta años—. No podemos permitir que ese hombre siga haciendo lo que está haciendo. Miles de personas sufren y mueren por su culpa. Y eso no está nada bien. Culpable, según las pruebas…

—Esto es una locura —el número uno  movía la cabeza, contrariado—; ¿sabe usted lo que está bien y lo que está mal, señora…? Además, no estamos juzgando lo de la droga, sino el asesinato. ¿qué nos importan a nosotros las vidas de nadie? Allá cada cual; yo digo que inocente.

VENTE CARNAL... CHEVERE, CHEVERE, CHA, CHA, CHÁ... CHEVERE, CHEVERE, CHA, CHA, CHÁ. UNA BAILADITA NA'MAS

VENTE CARNAL… CHEVERE, CHEVERE, CHA, CHA, CHÁ… CHEVERE, CHEVERE, CHA, CHA, CHÁ. UNA BAILADITA NA’MAS

—Por supuesto que se lo que está bien y lo que está mal; mejor que usted, al parecer…

—Jurado número siete… —continuó el portavoz y presidente, haciendo caso omiso de la discusión…

—Culpable… pruebas muy claras.

—Jurado número ocho…

—Culpable; las pruebas así lo atestiguan.

—Bien, solo queda mi opinión y es la siguiente: yo digo que culpable, también, a la luz de las pruebas.

—Bueno, supongamos que lo declaramos inocente —el hombre de la barba blanca intervino  antes de que el portavoz continuara—; ¿qué garantía tenemos entonces de que no seremos masacrados?

—¿Está chiflado? Le habremos puesto de patitas en la calle; ese tipo hasta nos lo agradecerá.

—Esos  tipos no agradecen nada; tienen cómplices; nos puede masacrar para amedrentar a otros jurados, ¿no cree? Y se jactará de habernos acobardado.

—Todo eso son divagaciones; a nosotros nos protege la ley.

—¡Ja! ¿Ha visto usted que la ley proteja a alguien que no sea delincuente?

—Está bien, señores; las discusiones están fuera de lugar. Siete votos “culpable” lo condenan. Ahora extenderemos el acta…

—Y todos firmaremos nuestra sentencia de muerte —gruñó el jurado número uno, contrariado— váyanse preparando. La ley y la justicia no pueden protegernos…

La advertencia quedó en el aire, impactando quizás sobre las conciencias de algunos de los que habían votado “culpable”

—Yo quiero cambiar mi voto…

El portavoz no supo quién había hablado,  pero la discusión volvió a comenzar…

* * *

EPILOGO

HASTA QUE DIGNA QUIEN FUE EL QUE SE TOMO MI CHELA LOS BAJO...

HASTA QUE DIGNA QUIEN FUE EL QUE SE TOMO MI CHELA LOS BAJO…

Tras una nueva ronda de votaciones no se pusieron de acuerdo y el acta fue devuelta por el juez  tres veces, lo que ocasionó la disolución del jurado y la apertura de nuevo juicio oral con nuevos miembros.

Esta situación volvió a ocurrir dos veces más.

Finalmente, tras casi seis meses de proceso judicial,  la presencia de más de cien aspirantes a jurado y el trabajo de infinidad de funcionarios y  varios jueces y fiscales el acusado fue declarado culpable.

Condenado a veinte años de prisión, recurrió, le rebajaron la condena y, antes de transcurridos cinco años ya estaba en libertad, continuando con sus negocios ilegales.

Los miembros del primer jurado continuaron con su visión particular de la justicia.

FIN

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